SCOOBY-DOO ARGUMENTAL

¿Has oído hablar del scooby-doo como recurso argumental? ¿Sabes por qué puede arruinar tu novela si no está bien utilizado? Descubre su origen, así como algunos de los ejemplos que le han hecho ganarse el odio de personas de todo el mundo.

La semana pasada, en Pegando la hebra, el programa de radio en el que participamos con el espacio Queridas palabras (aquí el podcast del programa), estuvimos hablando de finales con trampa, y acabó saliendo a colación el tema de los «scooby doo argumentales».

Algunas de las caras que vimos cuando la mencionamos en los pasillos del estudio nos llevaron a pensar que podía merecer la pena hablar sobre ello, y eso fue lo que hicimos el martes. También pensamos que podría ser buena idea dedicar una entrada del blog a explicar qué demonios significa. Pero para hacer esto último mejor hacemos antes un poco de memoria.

¿POR QUÉ SCOOBY-DOO?

A poco que hayáis tenido infancia, o algún niño correteando por la casa en los últimos cuarenta años, seguro que conocéis la serie de dibujos animados Scooby Doo.

Estaba producida por Hanna-Barbera Productions (que ahora forma parte de Warner Bros. Animation) y se estrenó en 1969 en la cadena CBS.

Los protagonistas eran un perro (Scooby, al que después de acabaría sumando su sobrino Scrappy, también de la insigne familia Doo) y cuatro jóvenes llamados Fred, Daphne, Vilma y Shaggy, los cuales viajan a lo largo del mundo en una furgoneta Volkswagen llamada la Máquina del Misterio (Mistery Machine en su término original) para resolver misterios relacionados con fantasmas y otras fuerzas sobrenaturales.

Al final de cada episodio, se descubría que el elemento preternatural no era más que un engaño, y generalmente se trataba de un villano que espantaba a la gente para poder cometer sus crímenes sin molestas interrupciones.

En cierto modo, podemos decir que la serie era (es, porque no han dejado de salir nuevas versiones a lo largo de los años, y hasta ha habido un par de películas con guion de James Guardianes de la galaxia Gunn) una modernización de los libros juveniles de Enyd Blyton sobre  los Cinco, pues tienen la misma estructura: dos chicos, dos chicas y un perro resuelven misterios que al principio parecen sobrenaturales y luego resultan ser acciones criminales llevadas a cabo por gente de carne y hueso.

Los cinco tuvo su época de ebullición en la Inglaterra de la posguerra, años 50 y 60, aunque su autora empezó a escribirlos en plena II Guerra Mundial, y los protagonistas son niños de alrededor de diez años.

Los creadores de Scooby Doo,  trasladaron los elementos a Estados Unidos y nos los presentaron con personajes que ya se encontraban en la veintena, modernizados y dibujados a la moda (la de 1969, se entiende), con un punto interesante de comedia y terror. En su momento este espacio fue el primero que se hizo en TV de esas características, enfocado al público infantil y juvenil.

Pues bien, llamamos «finales Scooby Doo» a aquellos argumentos que, durante todo su recorrido, nos están presentando situaciones con gran componente sobrenatural y, en un giro final complicado y rayano en lo inverosímil (si no inverosímil directamente), acaban teniendo una decepcionante explicación «racional». Cuando más cogida por los pelos esté la susodicha, más Scooby se considera.

De algún modo, la sensación que deja en el lector es muy similar a la que tuvieron los seguidores de la añeja serie patria Los Serrano, que acabó dando lugar al término serranazo para denominar, ella solita, el epítome de final perezoso, rastrero y decepcionante.

Ocho temporadas de culebrón y picores por debajo de la zona abdominal (aderezados con canciones horribles y grupos infantiles de infausto recuerdo), para que al final todo fuera un sueño de Antonio Resines, que se despierta con sudores fríos, sin reparar en que los niños con los que vivía en casa la noche anterior tenían ahora pelos en la espalda.

CUANDO UN FINAL DECEPCIONA

Este truco, que el público suele considerar manido y deplorable hoy día, funcionó muy bien durante años en la literatura de misterio y en la novela policíaca, sobre todo la juvenil (como los ya citados libros de Los Cinco), y era un recurso muy habitual de los bolsilibros de esa época: Clark Carrados, Curtis Garland… Silver Kane los usaba que daba gusto, y a veces casi parecía mofarse del género de terror en general.

Un autor bastante más insigne que lo utilizó al menos en dos ocasiones, si no nos falla la memoria, es Julio Verne.

Una, en la archiconocida novela La isla misteriosa, y otra, en la menos conocida pero fantástica El castillo de los Cárpatos, paradigma de la novela gótica romántica de la época, en la que todos sospechan que en un castillo de esa región de Transilvania cierto conde ha revivido a una cantante de ópera por medios sobrenaturales y la tiene hechizada.

Por supuesto, al final se descubre que el conde grabó sus cantos y su imagen en un aparato creado por un inventor loco. Julio Verne no solo imaginó el submarino y el viaje a la Luna, sino también el vídeo.

Como acabáis de ver, «marcarse un Scooby-Doo» no tiene por qué ser necesariamente malo.

Todo depende de tu habilidad como escritor y de cómo sepas jugar con los arquetipos. Las novelas de Harry Dickson, personaje «inspirado» en Sherlock Holmes que apareció a principios del siglo XX en Alemania, casi siempre acababan teniendo una resolución «no sobrenatural», pero Jean Ray, su autor, solía darles suficiente revestimiento «extraño» como para que no pareciesen triquiñuelas de artesano falto de ideas.

Ya en nuestros días, un autor que juega magistralmente con estos temas es John Conolly, aunque no podemos acusarlo exactamente de recurrir al truco de Scooby Doo, pues aunque el uso de lo sobrenatural es una constante que se va incrementando en la serie del detective Charly Parker, solo en la primera mantiene una ambigüedad entre lo racional y lo no racional.

Con todo lo dicho, esperamos que cuando estéis viendo vuestra película o serie favorita, o leáis en una novela o relato en el que los elementos sobrenaturales que nos están mostrando acaban siendo producto de una mente criminal, más de este mundo que del otro, os acordéis de lo que os hemos contado.

Ah, y no nos resistimos a irnos sin dejar aquí un par de curiosidades sobre la serie: el perro, Scoobby-Doo, debe su nombre al final de la canción de Frank Sinatra Extraños en la noche y está basado en el cómico americano Bob Hope.

¿Y tú, has usado un scooby-doo en alguno de tus escritos? ¿Sabes de algún otro ejemplo del que merezca la pena dejar constancia? Nos vemos en la próxima entrada.