LA CORRECCIÓN COMO NUNCA TE LA HAN CONTADO (1)

Como dijimos en la presentación de esta bitácora, hay toda una serie de trabajadores del mundo editorial que contribuyen al éxito de la publicación de un libro.

Vamos a dedicar nuestra primera serie de entradas monográficas a responder una pregunta que nos deben haber hecho ya mil veces.

¿Qué es y qué hace exactamente un corrector?

A la que podemos sumar otras igual de importantes pero menos obvias.

  • ¿Cuántos tipos de corrección hay?
  • ¿En qué se diferencian unos de otros?
  • ¿Pueden ser llevados a cabo por la misma persona?

Descubrirás que las respuestas son más sorprendentes de lo que imaginabas, y hasta es posible que, una vez concluida la serie, tu percepción sobre este tema haya cambiado por completo.

UN OFICIO MUY POCO RECONOCIDO

En pocas palabras, podríamos decir que un corrector es un profesional de la edición que revisa y corrige los textos en diversas fases del proceso editorial.

El problema es que, explicado así, tan simple y tan directo, parece algo fácil, sin demasiado mérito. Algo que podría hacer cualquier conocido un poco puesto en ortografía o con facilidad de palabra.

Quizá incluso un filólogo que jamás se haya acercado al mundo de la corrección desde dentro. Nada más lejos de la verdad.

Baste como ejemplo José Martínez de Sousa, lexicógrafo y referente absoluto de la corrección en lengua hispana, con más de veinte libros indispensables para el buen dominio de la lengua escrita a sus espaldas.

La lógica podría llevar a pensar que alguien con su currículo tendrá varias carreras, o como mínimo Filología, pero ese razonamiento enseguida se nos viene abajo cuando descubrimos que siempre se ha definido a sí mismo como un autodidacta.

Según sus propias palabras:

«Aprendí por mi cuenta (y riesgo) lo que necesité cuando me hizo falta. Algunos de mis libros, ciertamente, aparecieron por mis propias necesidades de conocimientos concretos».

De hecho, cuando escribió su primera obra en 1974, Diccionario de tipografía y del libro, lo hizo precisamente por eso: para cubrir una necesidad personal, ante la ausencia de bibliografía útil sobre la profesión que estaba ejerciendo.

Empezó así una labor divulgativa y al margen de las instituciones, que no le darían cumplido reconocimiento hasta 1991, cuando fue nombrado presidente de honor del Comité Español de la Asociación Española de Bibliología (AEB).

En lo que respecta a la RAE, no fue hasta 2003, cuando ya llevaba casi medio siglo de profesión a cuestas (desde los 50 del pasado siglo, para más señas), que esta le propuso un nombramiento de académico correspondiente en Cataluña.

Acabó rechazando la oferta, porque era un cargo con obligaciones pero sin honores (algo así como de segunda división), y él afirmaba, con muy buen tino, que si merecía formar parte de la Academia debía hacerlo con todas las consecuencias.

Dicho de otro modo: el mejor ortógrafo y tipógrafo español no solo no tenía estudios superiores, sino que tampoco pertenecía a ningún organismo oficial de reglaje de la lengua.

Seguro que esto último te acaba de cambiar un par de esquemas preconcebidos. Y créenos cuando te decimos que acabamos de empezar.

ORÍGENES Y DEMONIOS MEDIEVALES

La profesión de corrector data casi del siglo XII, cuando aparecieron los primeros copistas.

Por entonces la palabra escrita era patrimonio casi exclusivo de la Iglesia y los esforzados monjes hacían los libros a mano, uno por uno, tarea ímproba que requería ingentes cantidades de dedicación, mimo y paciencia.

El problema era que ni siquiera ellos se libraban de cometer errores en el desempeño de su labor, a pesar de consagrarle sus cuerpos y almas, hasta el punto de que debían mantenerse alejados de los trabajos pesados (exigencia fácil de cumplir) y toda clase de vicios carnales (no todo iba a ser color de rosa, a ver qué te habías pensado) para mantener su buen pulso. Surgió entonces la necesidad del corrector, al que se le exigía poco menos que la infalibilidad.

Estos nuevos guardianes de la perfección bibliográfica no tardaron en descubrir que, por mucho empeño que le pusieran, las erratas seguían apareciendo donde menos se imaginaban, y la lucha contra ellas fue tan enconada que acabaron por asociar su presencia a la de un demonio, al que incluso llegaron a poner nombre propio.

Titivillus, se llama, el muy siervo de Belfegor, y aún hoy se le conoce como el patrón de los escribas.

Ten por seguro que no será la última vez que nos verás hablar de este puñetero sujeto por aquí.

Porque existe, y se lo pasa como nadie. Pero volvamos a los correctores pretéritos.

Por si la amenaza del castigo eterno por un Credo quia absurdum mal puesto fuera poco, el aspirante a corrector tenía que aprender de un maestro que lo aceptara como alumno y pasar no menos de siete años de aprendizaje, a partir de los cuales podría montar su propio taller, siempre y cuando tuviera la decencia de hacerlo lejos del de su maestro, para no quitarle clientela ni competir con él, cosa que estaba mal vista y era muy de felón.

El tema no hizo sino complicarse con la llegada de la imprenta. Y eso nos lleva hasta la actualidad.

LA CORRECCIÓN EN LOS TIEMPOS QUE CORREN

Aunque en sus mejores épocas llegó a estar realmente bien pagada, hoy en día la figura del corrector es más difusa que nunca.

Comparte con el negro literario no pocos rasgos (a veces, uno oficia de otro y viceversa), como son la discreción, la eficacia y la disponibilidad casi absoluta al servicio de un texto.

Si el peso de la creación recae sobre el autor, el de las revisiones, las reiteradas lecturas a la caza de cualquier defecto que entorpezca o desluzca la lectura, lo hace sobre el corrector.

Suya es también la responsabilidad de que el texto llegue a imprenta libre de erratas, redacciones incorrectas, errores gramaticales e imprecisiones ortográficas y de tipografía.

Cualquiera que pretenda convertirse en corrector tiene muchas vías de formación a su alcance.

Abundan los cursos, especialmente orientados a esta área y promovidos por universidades o empresas privadas (lo que no quiere decir que todos ellos sean útiles o recomendables), y el material es bastante más accesible de lo que solía ser, sobre todo porque es una profesión para la que no es obligatorio tener un título que nos permita ejercerla.

De hecho, ni siquiera tenemos epígrafe propio para el IAE, lo que da una buena medida de hasta qué punto está regulada en este país.

No obstante, conviene tener en cuenta que para ser un buen corrector no basta con haber hecho algunos cursos, comprarse un par de manuales y pensar que se tiene todo por sabido.

Esta es una forma de vida que requiere disciplina, una actualización de conocimientos constante, atención obsesiva por el detalle, amor por los libros y, sobre todo, paciencia, mucha paciencia.

¿Cómo y cuándo se aplican todas esas cualidades?

Es algo que empezaremos a desglosar en la próxima entrada dedicada a este tema, por una mera cuestión de tiempo. Nos leemos entonces. Queda mucha tela por cortar.

Nota de autoría: Imagen de Titivillus propiedad de Don King, ilustrador de Carolina del Norte (USA) y antiguo presidente del Gremio de Calígrafos Triangle.